
Esta puede ser una carta abierta a mi madre. Eres una mujer que a pesar de todas las desaveniencias que podamos tener, las distintas formas de pensar en esto o aquello, en las discusiones muchas veces tontas en las que nos enfrascamos, en los desacuerdos generacionales que tenemos, en los malos genios, heredados muchos de ti misma, he aprendido desde pequeña a admirar profundamente, aunque como todo hijo, he pasado por las típicas etapas en que tus padres son lo máximo, luego no saben nada y al final, siempre nos damos cuenta que finalmente lo sabían todo. Yo estoy en la etapa en que comienzas a ser un partner en muchas cosas, aunque falta mucho para que lo seamos ciento por ciento, aún.
No puedo dejar de agradecerte profundamente y considerarte la base de mi misma, sólo por el hecho de que nos sacaste adelante sola en una época en que era muy difícil y complicado hacerlo, sino porque a lo largo del tiempo he podido admirar tu fuerza, tu coraje y tu manera de enfrentar las adversidades y esa "pachorra" con la que te plantaste en la vida. Tus valores nos han hecho ser quienes somos y eso queda de manifiesto en la cantidad de gente que nos quiere bien, a mi hermano y a mí, y sé que eso es un buena regla para medir tu labor de madre. Esa es tu mayor enseñanza.
Te amo más de lo que puedas imaginarte y ahora, teniendo a nuestro querido Agustín junto a nosotros, me he podido dar cuenta de lo fuerte, hermoso y esforzado que es tener a alguien pequeño a quien defender y amar. Y eso lo comprobé hoy mismo, cuando mi querido guatón vino a saludar a su "mamma nina preferida", o sea yo. Esas alegrías son incomparables.
Cuando sea madre físicamente quizás logre entender en su total cabalidad lo que hiciste por nosotros, aunque con mi guatón, he tenido la más dulce de los acercamientos.
Tu hija Bárbara

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